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Política Nacional
Al gran pobre argentino, ni salud
En la Argentina de Milei, los trabajadores que se enferman son sobrantes del sistema.


Ser empleada doméstica y necesitar atención médica puede convertirse en un combo explosivo: paseos de oficina en oficina, de hospital en hospital, hasta perder la paciencia, el día completo y finalmente la dignidad. Le sucedió a una cliente mía.

Todo comienza cuando la trabajadora, correctamente registrada por su empleador —ese raro espécimen argentino que todavía cumple la ley— intenta ejercer el extravagante privilegio de elegir una obra social del listado que publica la Superintendencia de Servicios de Salud, organismo público encargado de controlar obras sociales y empresas de medicina prepaga.

Y allí se ingresa en una dimensión desconocida, digna de la ciencia ficción administrativa.

Porque puede suceder que la obra social esté perfectamente dispuesta a recibir los aportes. En definitiva, cuando de dinero se trata, la igualdad siempre encuentra defensores fervorosos. Pero otra cosa muy distinta es brindar prestaciones médicas. Eso ya sería caer en excesos populistas.

Tomemos un ejemplo: la OBRA SOCIAL DEL PERSONAL DE LA INDUSTRIA DEL PLÁSTICO. Según los registros oficiales, recibe trabajadoras de casas particulares. Según la realidad, no. La trabajadora intenta obtener su credencial y entonces descubre que ingresó a una novedosa categoría jurídica: la afiliación imaginaria.

Ante una emergencia, la solución parecería sencilla: acudir al hospital público. Pero ahí el sistema demuestra un refinamiento burocrático admirable. El hospital no puede atenderla porque en el sistema figura afiliada a una obra social.

La solución, naturalmente, vuelve a ser sencillísima: le sugieren concurrir a ANSES para obtener una “certificación negativa”. Pero ANSES tampoco puede emitirla, porque el sistema informa que la trabajadora... tiene obra social!

Una obra social que, a su vez, no la reconoce como afiliada porque “no trabaja con empleadas domésticas”.

Es un mecanismo kafkiano. La trabajadora queda atrapada en una zona de nada sanitaria, un laberinto institucional donde resulta demasiado afiliada para la salud pública y demasiado poca cosa para la obra social.

Mientras tanto, funcionarios y tecnócratas seguramente celebran tener las estadísticas de “cobertura”. Todo está perfectamente cargado en la autopista digital.

La obra social cobra, pero no afilia. La Superintendencia informa, pero no controla. Y la trabajadora existe lo suficiente para aportar, aunque no para ser atendida. En la Argentina de Milei los trabajadores son tratados, a la hora de enfermarse, como sobrantes del sistema.


Martes, 9 de junio de 2026

   

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